SIN NOMBRE
Principal Arriba Álbum de fotos Sitios favoritos

 

   


    Era de noche y llovía terriblemente. Los árboles ya no tenían hojas, el comienzo del     otoño se las había llevado consigo el mes pasado. Los relámpagos iluminaban de vez en cuando la calle oscura y ya nadie saldría de sus casas hasta el día siguiente. Nadie, excepto Moris.

Era su noche perfecta, la había estado esperando todo el verano, pero nunca llegaba, las noches de verano eran húmedas, pegajosas, y él odiaba el calor. Por eso nunca salía en verano de su casa. Pero esta noche, esta noche era “su” noche y estaba más que preparado. Nada nervioso y muy decidido.

La venganza había llegado, tarde, como todo en su vida, pero había llegado y sólo Dios sabe cuánto ansió este momento desde aquel horroroso incidente vivido y muy bien guardado en su memoria.

 Fue una soleada y calurosa mañana de febrero, que caminaba hacia la tienda de mascotas para comprar el alimento de Zohe, su cuervo negro azulado, cual bello plumaje lo cubría y sus engañosos ojos lo hacían parecer un ser de otro mundo, muy tenebroso que si uno pudiese haberle dado una característica humana sería traidor. Pero Moris, simple y ciegamente lo amaba. Hacía tres años que lo tenía y no hubiese querido separarse nunca de él si no hubiera sido por aquel penoso momento.

Cuando llegó a la tienda, una hermosa mujer de unos treinta años, morena de pies a cabeza con una bellísima cabellera negra como la muerte misma lo atendió. Nunca antes la había visto y podía descubrir en ella cierta magia. Se sentía muy incómodo y descubierto ante su mirada inquisitiva. Moris, sin dudar le pidió lo que necsitaba, y sin dejar de observarle esos ojos marrones e inmensos a los cuales encontraba misteriosamente atractivos.

Pagó y se fue, más rápido de lo que imaginó que podía llegar. La imagen impetuosa de esa mujer extraña que jamás había visto en su vida lo acechaba en todo tiempo y lugar. No podía quitarla de sus pensamientos, tenía unas ocurrencias muy extrañas sobre esta mujer, muchas veces se descubría pensando en cosas de las más extrañas y se asustaba de sí mismo y de esas cosas que aparecían de arrebato en su mente.

Una noche se encontró dando miles y miles de vueltas en la cama sin poder dormir, y obviamente, pensando en ella. Era una noche tan lluviosa o tal vez más que esta y hacía mucho pero mucho calor. Hasta que no pudo soportarlo más y tuvo que bajar a tomar algo y aclarar sus ideas. Simplemente no podía, era como si esa mujer hubiera hechado una brujería sobre sus pensamientos que hacía que no pudiera dejar de traerla a su mente una y otra y otra vez. Sentía agotamiento, quería pensar en algo distinto, y no podía. Y no pudo, hasta que por cansancio terminó por dormirse en el sofá vigilado por la inquisidora pero no inquietante mirada de su amigo.